Enviado por Anónimo. Envia tu relato.

 

Desde los 22 años salí del país a trabajar. Cuando me fui, mis hermanas apenas tenían 15 y 16 años. Eran apenas unas adolescentes sin mucho chiste, debo admitir.  Pero ahora, que pase cinco años fuera, me encontré con dos mujeres de 20 y 21 años que parecían sacadas de una revista para caballeros.

Ana, ahora con 20 años, y Lili, ahora de 21, derritirían a cualquier hombre con dos ojos en la frente: las que antes eran unas simples adolescentes se habían convertido en dos mujeres con curvas, altas, con los ojos marrones típicos de la familia y con unas piernas hermosas y unos senos bien formados, firmes y grandes.


Cuando digo que derritirían a cualquier hombre, por supuesto, no me pude excluir: cuando regresé y las vi por primera vez no pude evitar sino tener una pequeña sensación de excitación al ver los vestidos escotados y pegados con los que me recibieron en casa.

Yo las conocía como unas adolescentes tranquilas, pero según me contaron, ahora eran unas mujeres amantes de la fiesta. Viendo los hermosos senos de Lili, me imaginé que quizás también serían amantes del buen sexo. Pero, claro, era hasta culposo pensar eso, porque eran mis hermanas.

Sin más, y buscando tirar el buen rollo, el primer día de mi regreso les dije que me llevaran a un buen lugar para tomar unos tragos, puesto que había tenido un viaje largo y necesitaba relajarme un poco. Ambas aceptaron y me llevaron a un bar cercano a casa.

Una vez sentados, con un par de cervezas ya encima, no podía evitar mirar las hermosas piernas bronceadas de Ana y la hermosa figura de sus nalgas, que se le remarcaban muy bien con su vestido rojo. Dentro de poco creo que ella se dio cuenta, y traté de desviar la mirada con un poco de pena.

Debo de contarles algo: siempre que bebo de más me vuelvo un poco primitivo en cuanto a mis instintos sexuales. Y con las cervezas que llevabamos esta vez giré mi atención a Lili. Tenía una risa hermosa, pero lo que realmente me importaba eran sus senos, que casi saltaban de su escote y que, con el calor del bar, se veían humedos y listos para salir.

Entre risa y risa – y entre inconsciente y conscientemente- deslicé mi mano en una ocasión sobre las piernas de Ana. Me miró con una mirada perpleja al principio, pero después sonrió, le hizo un guiño a Lili y continuó hablando como si nada.

¡Quita la mano de ahí! Me dijo con un tono risueño y picarón. Le pedí perdón pero, yo creo que por las copas de más, le dije que tenía unas piernas hermosas. Nuevamente sonrió. Más adelante, mientras contábamos otro chiste que había yo escuchado en donde vivía antes, Ana se comenzó a carcajear y de forma discreta paso su mano sobre mi pantalón. La miré sorprendido y ella me regreso una sonrisa. Le volví a poner mi mano en su pierna, esta vez muy cerca de su hermoso culito. Lili estaba ya borracha y no se dio cuenta. Mi pene comenzaba a ponerse erecto, y Ana lo sintió. Acarició suavemente la punta por encima de mi pantalón, sonrió y luego quitó la mano. Era claro: la misma curiosidad que yo sentía por ella ella lo sentía por mi. No les miento: siempre he sido un tipo bien parecido, con un cuerpo formado por varias horas de gimnasio.

Cerca de las dos de la mañana, decidimos irnos. Nos subimos a mi coche y comencé a manejar despacio. Muy despacio. Por mi mente sólo pasaba lo bien que se sintieron las caricias de Ana en mi pene, aunque sólo hubieran sido unos instantes.

Yo iba manejando y Ana iba en el asiento del copiloto. Entre platica y platica , me preguntó:

-¿Alguna vez te han hecho una mamada?- Perplejo por tan repentina pregunta, le dije que no. Obviamente mentí, pero siempre he sido bueno para detectar hacia donde van las cosas.

-Hermanito- me dijo. -¿Crees que te voy a creer?- Y soltó una risilla inocente. Le pregunté si ella había dado una antes.

-Shhh. Eso no te lo puedo contar.- Dijo mientras tenía una mirada pícara.

Llegamos a casa y me fui a dormir. Estaba algo caliente y pensé que lo mejor sería irme a dormir. Ana y Lili se fueron a su cuarto.

Me acosté en mi cama y estuve despierto unos quince minutos antes de comenzar a cerrar los ojos. No podía dormir bien, pero tenía los ojos cerrados. De repente, mi puerta se abrió brevemente. Abrí los ojos sólo un poco y vi a Ana, parada ahí. Ya se había quitado el vestido y sólo tenía encima su sostén y una pequeña tanga. Detrás de ella venía Lili, vestida igual. Los cuerpos de ambas eran aún mucho más espectaculares de lo que pensaba.

Confundido por lo que pasaba, decidi fingir que estaba dormido. Ana se sentó en la orilla de mi cama.

-Mira, hermana.- Le dijo a Lili mientras se acercaba a mi cuerpo y yo fingía que seguía dormido.

Con un poco de dificultad, se acerco a mi boxer y me empezó a tocar el pene, otra vez.

-Esto es lo bueno de los hombres. Les puedes hacer cualquier cosa mientras duermen y no se despiertan- le dijo a Lili.

Mi pene ya estaba erecto al poco rato. Ana me quitó el boxer y sacó mis 25 cm. Los miró por un rato y me empezó a masturbar, lentamente. Lo acariciaba y lo jalaba al mismo tiempo. Era increíble. Lilí se acerco, y con una risa interesante, agarro mis huevos y los empezó a acariciar también.

Me sentía muy excitado, pero seguí fingiendo que dormía, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para no gritar del placer. Quería penetrarlas ahí mismo.

Ana, que tenía unos labios rojos y carnosos, pronto empezó a besar la punta de mi pene. La besaba lentamente mientras me seguía masturbando con su mano derecha. Era increíble.

Después, una vez que la punta de mi pene ya tenía de su labial, sacó su lengua y empezó a lamer. Lamía la punta de mi pene en círculos, y muy despacio. Poco a poco se lo iba metiendo todo en su boca, sintiéndolo y palpándolo con su lengua. Mientras, Lili comenzó a tocarse a si misma rápidamente.

Ohh, chúpaselo Ana, chúpaselo bien- le decía Lili a Ana. Ana ya tenía buena parte de mi pene en su boca, y ahora me estaba dando una mamada rápida, pero deliciosa. Lili se juntó y ambas me daban una mamada: primero una me la chupaba y se la pasaba a la otra, alternándose mi pene.

Ambas se despojaron de la poca ropa que traían, y Ana acercó sus hermosos senos a mi pene. Lo frotó entre ellos y luego me siguió dando la mamada. Yo moría por penetrarlas a ambas.

Ana, como si leyera mi mente, se levantó y poco a poco se puso de espaldas hacía mi. Pude contemplar su culo, firme y redondo. Se comenzó a sentar en mi pene lentamente, moviendo lentamente su cadera poco a poco. Su concha estaba humeda y caliente, se notaba que ella también estaba muy excitada.

Se volteó hacía mi mientras la penetraba y, por el placer, no pude sino abrir los ojos. Pronto ella vio que estaba despierto, pero ya no importaba: estábamos tan excitados que lo único que queríamos era seguir.

¡Cógeme! ¡Cógeme más!– Me gritaba.

Ya despierto, la levanté y la puse en 4. El poder ver su concha desde atrás era maravilloso. Una vista increíble. Comencé a penetrarla aún más fuerte, mientras se veía que ella luchaba para contener los gritos de placer. Gemía a cada rato.

Por lo mientras, Lili se paró sobre la cama a manera que Ana le pudiera hacer un oral. Ana comenzó a meter su lengua en la concha de Lili, y se veía que ella también estaba muy excitada.

De pronto, los tres hermanos estábamos dándonos placer. Yo ya estaba por venirme, pero no me iba a venir así nadamas. Saqué mi pene de las hermosas nalgas de Ana y les dije que me hicieran una mamada.

Ambas se acercaron a mi pene y lo lamieron al mismo tiempo. Justo cuando estaba por venirme, las acerqué lo más que pude a mi y me vine justo en sus caras. Tuve tiempo para lograr que lo último cayera en los hermosos senos de Lili, esos que me cautivaron desde que la vi.

Eran ya casi las 4 de la mañana. Y ahí estábamos: yo acostado y ellas ahí, con mi semen en sus caras y con sus vaginas muy húmedas y chorreantes. Había sido una noche estupenda.

Por supuesto, esto nunca se lo hemos contado a nadie. Ahora vivo sólo, pero cuando las veo ya se nos hizo costumbre el experimentar todo lo que hay que experimentar. Pero lo demás, eso se los contaré otro día.

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