Enviado por Anónimo

Todos los domingos mi padrastro, mi madre y yo acostumbrábamos a ir al prado que estaba a unos pocos kilómetros de mi casa. Este domingo mi madre no nos acompañaba ya que le llamaron para sustituir a una enfermera en el hospital donde trabajaba.

Hace tiempo que anhelábamos estar solos. En realidad cuando entró en mi vida yo tenía ya 22 años, y siempre me gustó su torso musculado y marcado, su pelo engominado y su sonrisa amplia y blanca. Nunca jamás le dije nada, a pesar de que me mi padrastro más de una vez me echó una indirecta. Esta vez es la definitiva, me dije a mi misma, mientras me cambiaba en casa para salir, no olvidando en ponerme un precioso conjunto blanco de encaje y de rasurarme las partes del cuerpo.

Nada más llegar al prado mi padrastro, que se llama Miguel, me sugirió que montáramos la tienda de campaña debajo de un roble. En metros a la redonda no había un alma así que estábamos más que protegidos y solos para hacer lo que nos viniera en gana.

Nada más entrar en la tienda de campaña la pasión tan largo tiempo anhelada se adueñó de nosotros. Miguel dejó la cesta en el suelo y en vez de sacar la consabida merienda de ella sacó unas esposas de peluche. Procedió a atarme a las pequeñas estacas que se encargaban de sujetar la tienda de campaña mientras yo me dejaba hacer dócilmente. A continuación me tumbó sobre la mullida hierba mientras se desabrochaba los pantalones dejando ver su miembro erecto y listo para empezar la función.

Yo empecé a gemir mientras me besaba con delicadeza por todo el cuerpo y me apartaba las braguitas para acomodarse entre mis genitales ya humedecidos. Con un fuerte empujón me penetró y empezó la danza hasta que terminó con un pequeño quejido de satisfacción.

Tras volver a casa mi madre nos preguntó a ver qué tal nos lo habíamos pasado y nos informó que tendría que estar haciendo de sustituta en el hospital unos meses más, por lo que no podría acompañarnos en nuestras excursiones dominicales. Miguel y yo sonreímos con complicidad, sabiendo cómo aprovecharíamos estas horas de soledad inesperada.

 

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