Enviado por Eli

La atracción hacia la juventud es inevitable, y el que diga lo contrario miente. Así por lo menos pienso yo que desde siempre he pensado en los hombres jóvenes como el máximo objeto sexual por mi parte, algo a lo que no me podía resistir, hasta cuando cumplí 30 años y ya tenía un hijo de 5.

Así que os podéis imaginar que cuando me apunté a la Universidad de mayores la tentación me esperaba en cada esquina. Y no es por ser presumida, pero desde luego era bien mirada por todos los jovencitos, casi diría que más que chicas de su edad, cosas de universitarios supongo.

Le eché el ojo a uno que rondaría unos 19 años. De sonrisa tímida era de constitución robusta y alto como a mí me gustaban. Para rematar la faena tenía ese pelo largo hasta los hombros que a mí me volvía loca. Así que me decidí a invitarle a casa con el pretexto de que necesitaba un canguro para mi hijo y de que mi marido estaba de viaje.
Pablo, que así se llamaba, se lo pasó en grande con mi hijo y cuando éste se acostó en su habitación vino donde yo a despedirse. Pero yo le ofrecí quedarse un rato más diciendo que tenía miedo de quedarme sola con un niño en casa, y por supuesto aceptó.

Estuvimos un rato viendo una película de la cual no me acuerdo ni del argumento hasta que suspiramos ante una escena romántica a la vez, giramos la cabeza y nos fundimos en un beso lento. Supongo que el chaval ya sabía que no sólo venía a cuidar a mi hijo, pero no le importó.

Estuvimos besándonos apasionadamente hasta que me tumbó de espaldas y me hizo el amor con esta pasión y ternura de los jóvenes; aunque he de decir que el tamaño de su órgano no era nada juvenil, sino más bien de un hombre mayor. Pero se acopló bien sobre todo porque yo la tenía un tanto abierta.

Desde entonces aun viene a mi casa a cuidar de vez en cuando de mi hijo y de mí.

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