Enviado por Sergio

El cabello de paja envolvía a toda y cada una de la cuadrática cabaña dorada, era un dorado apagado, como el de la joya vieja que suele cargar alguna mama y hacia un frío demencial. Recuerdo observar el propio vaho de mi aliento congelado.

No recuerdo que hacia en un lugar tan gélido y abrumador, pero aunque lo recordase no vale la pena mencionarlo en esta historia, porque lo que estaba a punto de suceder me aguaba toda la boca, entré y vi de inmediato el desorden desmesurado en cada punto del inquietante lugar. El aire era el único ente productor de sonido, y fuera quienes fueran los que estaban ya habían terminado su fiesta colorida y se habían marchado. No obstante, la sorpresa vaciló conmigo en un sagaz instante en el que pude ver a una mujer de vestido rojo en el reflejo del mini televisor apagado, por supuesto fugazmente me gire en mis propios pasos en mi propio eje y no había nadie, no sé qué pasaba pero ya no era nada más el clima el que me helaba la sangre, era mi propia imaginación, mi propia materia gris advirtiéndome sobre un serio probable peligro, el corazón se me salía, mi aliento se tranquilizó en cuanto a esfuerzo, pero se aceleró en cuanto a movimiento, note que veía más claro y la piel era capaz de sentir hasta el rose de un zancudo silencioso y vampiresco de mi sangre. No eran más de las 3 am y el miedo me estremecía me hacía sentir vibraciones dentro de todo mi cuerpo, grandísimo, grandísimo y nefasto sentimiento.

Quería escapar de allí ya. La seda rodeo mi boca, e hizo que mi corazón se detuviera un instante y mi alarma interna sonar, era el efecto del “filtro reticular”; aquel que solo enfoca lo que importa y nubla todo lo carente de importancia en ese momento. Era la seda de una mano, la mano más fría que vi y sentí en toda mi vida, blanca como la misma retina de mi ojo, —“Hola.”— Una simple frase. Estaba susurrando una simple frase pero que llegaba hasta mis entrañables intestinos. No recuerdo exactamente que sucedió en ese instante preciso pero comencé a sentirme desorientado, fuera de la razón, e intuyendo por mi instinto, un instinto que no, curiosamente no era mío, me hacía volar, me hacía sentirme libre, mis ojos se agacharon se apaciguaron, y tomaron forma de concentración, ahora mi cerebro ya no procesaba información, mi mente estaba totalmente callada y mi conciencia había tomado todo el poder, el poder de la contemplación, de la sensación, la sensación de toda mi lisa y limpia lengua recorriendo todo el cuello de aquella mujer misteriosa de la cual lo único que sabía era que vestía de rojo, sus labios se adornaban de pintalabios rojos también, su cabello era dorado, el mismo dorado que cubría toda la cabaña a la cual extrañamente ahora, estaba cálida muy cálida, casi envuelta en llamas, tantas llamas que no nos dejaba respirar bien, teníamos que inhalar inspirar cada precioso rastro de oxigeno por nuestra boca, era un somnífero maravilloso, el más hermoso y placentero que jamás había sentido en mi vida, estaba totalmente ido de mí mismo; no recordaba mi nombre ni recordaba otra cosa más que las ganas que tenía por saber su nombre,solo para poder gritarlo en todo ese paraíso de llamas. Ella gritó el mío, algo que me hubiera sorprendido de haber estado cuerdo. Su vestido cayó, su sonrisa se desvaino mejor que una espada de su vaina, era la sonrisa más dulce y excitante de toda las sonrisas del mundo, la tomé entre mis brazos, jurándome a mí mismo que pagaría por mi mismísima vida si sus caricias costaran algo. La trastienda de mi alma estaba desembocada en la suya, mi aliento era el suyo ahora, nuestros labios y cuerpos chocaban chocaban, nuestras células interactuaban y se cruzaban. Se sentían unas a otras. Sentí tener más fuerza que nunca en la vida cuando ella comenzó a moverse dentro de mí. Era como si hubiese metido un dedo en mi cerebro y lo estuviese hurgando, estaba sacudiendo todo mi cuerpo, estaba dentro de mí.

Ya no bebía solo de su boca, sino de sus pies, de sus pechos, del ombligo de su oreja, de la oreja de su ombligo, la cual rocé infinitas veces con mis labios, yo era su amante arriero, ella era mi dama celestial, angelical. Un abrazo mortal de otro mundo nos unió, sentí que toda mi armadura se saldría de su lugar, suspire una última vez hacia mis adentros. Tomó mi cuello, lo rozó con sus labios y lo acaricio hasta hacerlos no sentir. Me tomó con sus manos, suaves caricias hacia mi alma envenenada. Abrí los ojos y la mujer de rojo desapareció. Ahora ya todo era negro oscuro, rancio pútrido, estaba descolocado, no entendía nada, poco a poco deje de sentir y mi corazón se apaciguo al ritmo de una anciana en su mecedora, hasta que la respiración se despidió de mi vida.

La noche del 16 de junio Se encontró a Sergio Vargas muerto por asfixia en una cabaña de Madrid.

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