Enviado por: Arturo. 

Conocí a Anabella en el momento en que comenzaba  su vida adulta, a los veinte años. Hermosa, de estatura mediana, pelito castaño semi ondulado, cintura delgada y potito levantado, en fin… Un caramelito. Con muchos admiradores fue una sorpresa que me obsequiara con sus atenciones, cosa que aproveché de inmediato, como un buen predador, o así me creía yo, en realidad fue una trampa bien armada tendida por madre e hija. Pero eso lo supe mucho después, en todo caso creo que la presa cayó con gusto, sobre todo después de conocer a mi futura suegra. ¡Vaya! Era una “viejita” bastante atrayente, una versión madura de mi futura mujercita.  Con un poquito de barriga y  cadera más anchas, pero en lo demás no tenía nada que envidiarle. Bueno, sólo tenía casi cuarenta en ese momento así que lo de “viejita” es más bien una broma.

Nos casamos y fuimos felices, y eso podría ser todo, pero es necesario agregar algunos detalles más sabrosos. Primero quiero dejar presente que si no fui el primero, el detalle del himen poco importó porque era evidente que experiencia concreta en materia sexual tenía poca o nada, después supe que su primera experiencia fue cuando era casi una niña con un primo lejano de su misma edad. También supe que de ahí nació la preocupación de la madre de controlar los accesos de su hija a los hombres, pero más por vía de la recomendación que de la imposición, cosa que ella aceptó reconociendo la sapiencia de su madre que además, se abstuvo de tener pareja después de su viudez de hacía por lo menos seis o siete años atrás. Así las cosas apareció el “cazador cazado” o mejor dicho, el “cazador casado”. Desde el primer momento me cayó en gracia Raquel, Raquelita como pasó a llamarse para mí. En realidad ella misma me lo sugirió casi desde el primer momento, así como también el de Arturito como pasé a llamarme yo. ¡Sí! Me gustó y yo a ella como después me enteré. Al comienzo con mi mujer nos fuimos a vivir a mi departamento, que era bastante cómodo para una pareja de recién casados. Un par de años de romance casi ininterrumpido. Hay pocas cosas más agradables que disfrutar del sexo con una mujer bonita, complaciente y enamorada, bueno, el amor es recíproco así que me brindé en exclusiva para ella, le enseñé todo lo que pude y ella se prestó encantada a aprender y disfrutar. Sus tetitas no muy grandes pero firmes con unos pezones poco sobresalientes, coronando una areola cónica rosada, lo que indicaba que habían sido nada succionados, fueron una invitación para mi boca golosa como la mía. Un vientre liso de curvas suaves hasta llegar al pubis donde aparecía una mata de pelitos suaves y ensortijados y poco abundantes. Unos labios mayores bien dibujados, rosados y complacientes a mis dedos y sobre todo a mi boca, producen abundantes jugos de un sabor delicadamente salados y ácidos, justos a para mi sabor. Levantando sus muslos aparece un hermoso potito que al separar las nalgas deja al descubierto el hoyito de pliegues oscuros que late desbocadamente cuando su dueña llega al orgasmo. Especial dedicación le dedique a esta última parte porque mi experiencia me indicaba que sería la puerta a futuros placeres. Así que desde el primer momento recibieron una buena parte de de caricias con los dedos mojados en saliva o en sus propios jugos y, sobre todo por mi lengua y boca. Al principio eso le produjo sorpresa y un poco de incomodidad, pero con palabras dulces y ligeramente exigentes, me dejó hacer y comenzó a disfrutarlo. Por su puesto que durante el primer tiempo la atención se la llevó toda su perfumada vagina. Digo perfumada, porque la experiencia me ha enseñado que no todas huelen bien, independientemente de lo aseada que esté, claro si no está debidamente aseada cualquiera huele mal, pero aún y así hay olores y olores y en este caso la suerte me favoreció, como en otras cosas que luego explicaré. La primera penetración fue hecha con el máximo de cuidado, no soy de los brutos que arremeten sin compasión buscando sólo su deleite sin preocuparse de la compañera, por el contrario, lo que más me interesa es ella; cualquiera que sea, creo que es el primer deber de todo hombre que se precia de tal, y es el principal derecho de toda mujer, exigir su deleite para complacer al hombre, bueno esos son mis principios, cada cual tiene los suyos. Volviendo al tema. La penetré con suavidad pero con firmeza porque encontré resistencia, no por el himen que ya expliqué estaba roto, sino por la estrechez de una abertura prácticamente sin uso, pero logré acomodarla para que lo sintiera sin incomodidades mayores, luego comencé con el mete y saca, siempre con cuidado y atento a sus gestos, parando cuando veía gestos de dolor o incomodidad, que los hubo porque mi dotación, que sin ser exagerada no deja de ser normal (16 x 5 cm.) y acelerando cuando los gestos eran de placer. No puedo decir que la primera relación culminó con un orgasmo femenino, pero estuvo cerca y logré dominarme el tiempo suficiente para eyacular cuando sentí que la cosa le gustó. En todo caso a partir de allí me preocupé de que hubieran muchos orgasmos, al menos uno en cada relación, para que se sintiera complacida y satisfecha y, creo, me lo agradece hasta ahora, con dos hijos hermosos y seis años de casados.

Todo un tema fue la atención a la otra vía. Primero tuve que convencerla que era normal y deseable, que sentiría tanto gusto como por delante y sobre todo que me complacería mucho, creo que este último argumento, más que los anteriores fue lo que la decidió. Fue una noche especial, ya llevábamos varios meses de casados y había aprendido a gozar de muchas posiciones. Ser la puta exclusiva de su marido tiene que ser la una de las máximas expresiones de amor de una mujer, no la única  porque hay mujeres que son capaces de brindar otras cosas tanto o más gratificantes. Ella lo comprendió desde el primer momento y estuvo dispuesta a disfrutarlo y a experimentar eso y otras cosas. La puse boca abajo en la cama y un cojín bajo sus guatita para que le quedara el culito bien levantado, es una delicia cuando se deja hacer todas las maniobras nuevas, confiada en que será algo rico y que nunca le producirá daño ni dolor; cubrí de besos y lenguetazos sus nalgas preciosas y las fui abriendo de a poco hasta dejar a la vista ese hoyo apretadito, por aquí si que no había andado nadie, comencé con besos delicados y fui poco a poco aumentando la presión hasta introducir la punta de la lengua, luego me dediqué a lamer todo su alrededor alternando con metidas hasta donde me alcanzaba, luego introduje un dedo, pero antes debo decir que sus gemidos fueron de suaves ronroneos hasta sonoros gemidos, realmente había logrado relajarla y lo estaba disfrutando, seguí con la introducción de un dedo mojando con saliva todo lo que podía, luego incorporé otro, todo como dice el manual del experto cachero, mi mujer se merece el mejor de los tratos; cuando comprendí que su placer estaba poniéndola a punto, tomé un envase que había dejado a mano con un buen lubricante y unté los alrededores, la abertura y el interior con los dedos. Llegó el momento supremo, puse el glande de mi duro pene en la entrada y fui empujando de a poco, al comienzo con la lubricación no hubo problema, pero al presionar sobre la entrada sentí su primer quejido, me detuve y esperé unos segundos; otro empujón y pasamos la primera estrechez, otro quejido y otra espera; entonces me decidí y empujé hasta sentir que se abría todo el camino, el quejido final que resonó en toda la casa, pero ya estaba todo adentro y era cosa de relajarla otro poquito para comenzar a disfrutar de esa rica relación anal. Así fue y lo disfrutó porque me preocupé de estimularle el clítoris mientras entraba y salía con un ritmo cada vez más acelerado, a medida que aumentaba su calentura yo aumentaba el ritmo, cuando noté que su orgasmo estaba ad portas me despreocupé y tomándola de las caderas empujé con todas mis fuerzas hasta chocar mis bolas con sus nalgas y con un frenesí de embistes acabé profundamente dentro de ese hermoso culito, desde ese momento también mío.

Dije que al principio vivimos en el mi departamento que quedaba cerca de la casa de mi suegra, pero la visitábamos frecuentemente, especialmente los fines de semana. Otras veces era ella la que nos visitaba. Nuestra relación era fluida y cordial, yo diría un poco más, era cercana, cariñosa en extremo. De espíritu jovial, alegre, dada a las bromas en la conversación. La verdad es que a mí me encantaba cuando bromeaba, así le podía dejar caer indirectas sobre su soledad, cosa que ella captaba con facilidad y me respondía con veladas insinuaciones, como diciendo: ¡Atrévete! Pero yo me cuidaba de dar otros pasos, por el momento. Todo eso era matizado con pequeños roces o toques como por casualidad, tanto que en más de una ocasión mi mujer los notó y también se unió a las bromas. En realidad ella se unía siempre y sumaba las insinuaciones; todo era un juego, con algo de morbo pero que todos disfrutábamos. Todo eso duró más de un año, hasta que un día estimé que estaban dadas las condiciones para dar el salto. Salto que podría terminar mal, pero… De los valientes se cuentan historias. Un día me desocupé alrededor del mediodía y antes de irme a casa llamé a Raquel y le avisé que pasaría a verla, cosa bastante normal a esas alturas. Cuando llegué noté que se había esmerado en su arreglo, lucía encantadora, mi “viejita” era toda una atracción y estaba dispuesto a aprovecharla, aunque suene algo feo, pero esa era la realidad. Me saludó con su acostumbrado beso en la mejilla con la cara cerquita de la boca, su cara estaba roja y ardía, eso me motivó mucho más. Cerré la puerta y la abracé. – A… Arturo, alcanzó a decir. La tomé con firmeza del pelo y la besé en la boca. – ¡No, no, déjame! Se debatió. Seguí besando sus labios ardientes y su cara, y su cuello. -¡No, no, por favor! ¿Qué es esto? Me alejó con sus brazos. – Amor, amor, esto lo deseo desde que te conozco, contesté. A ti también te gusta, lo sé, y no le haremos daño a nadie con amarnos lo que podamos. Me miró directamente a los ojos y me dijo: – ¡Júrame que esto no intervendrá en tu matrimonio! – ¡Te lo juro! fue mi respuesta. Abrazados como estábamos fui haciéndola retroceder hasta el dormitorio. Su respiración agitada y el ardor de su cara me revelaban su disposición. Llegamos hasta el borde de la cama y comencé a besarle el cuello y el nacimiento de los pechos. Más grandes y un poco más blandos que los de mi mujer, pero igual de atractivos. Le abrí la blusa y llegué hasta el borde del sostén, quise pasar más abajo pero no era posible por el tamaño de ellos, así que metí mi mano por detrás de la blusa y desabroché el sostén, ahora si fue posible sacarlos de su envoltorio y los chupé con deleite, tratando de ser lo más suave posible. Llevaba por lo menos diez años sin tener un hombre y eso había que respetarlo. Le saqué la blusa completamente y el sostén, sus pechos generosos quedaron a mi  entera disposición. Los apreté suavemente, los masajeé, los besé, chupé sus pezones con areolas grandes y oscuras. Se irguieron como púas y los mordí ligeramente. Suspiraba y gemía pero se dejaba hacer, tan complaciente como la hija, deseaba y necesitaba el placer que le pudiera brindar. Me senté en el borde de la cama y la puse de pie frente a mí, le solté el botón de la falda y le bajé el cierre tironeándola hacia abajo. Aparecieron sus caderas blancas y lisas como los de Anabella, pero más anchas y ampulosas ¡Qué espectáculo maravilloso! Justo como me la había imaginado. Pegué mi boca a su vientre mientras le sacaba totalmente la falda, subió hasta mi nariz el aroma dulzón de sus genitales y lo aspiré excitadísimo. Su calzoncito de encajes apenas le cubría su vello púbico, ralo y ensortijado, eran copia fiel madre e hija. Seguí bajando mi boca hasta su pubis y más allá mientras le bajaba los calzones. El corazón se me salía por la boca y la erección  casi dolorosa. Me levanté y la empujé de espaldas a la cama, terminé de sacarle sus calzones y los olí con morbo. Me miró asombrada, se mordió el labio inferior y se cubrió la cara con un brazo, nunca había visto eso seguramente, claro que lo que no sabía es que yo muchas veces antes, cada vez que iba a su casa, buscaba sus calzones en la ropa sucia y los miraba y olía extasiado. Totalmente de pie delante de ella me desvestí rápidamente, cuando me saqué los boxer mi pene saltó como un resorte totalmente erguido. Dejé el glande a descubierto y le saqué el brazo de su cara para que lo viera en plenitud. Lanzó un gemido y cerró los ojos fuertemente, pero no la dejé así por mucho tiempo. Le tomé las piernas y la puse a lo largo, subí a la cama poniéndome al revés, le abrí las piernas y metí mi boca entre sus piernas, sorbí con ganas sus jugos deliciosos, le lamí la vulva, el clítoris y bajé hasta el ano, se tensó, no esperaba eso pero no la dejé reaccionar y seguí insistiendo hasta meter la punta de la lengua, se retorció de placer. Volví al clítoris y sorbiéndolo con los labios y jugueteando con la lengua fui conduciéndola hasta el clímax, me inundó la boca con sus abundantes jugos que saboreé a gusto. Me puse de pie y le levanté las piernas hasta ponerlas sobre mis hombros. Ella trataba de oponerse a mis maniobras, poco acostumbrada a ese trato pero no habría contemplaciones, apunté el miembro a la entrada y presioné, con suavidad pero con firmeza. – ¡Ay! Gimió despacito. Otro empujón y ya estaba todo adentro. Otro gemido más fuerte esta vez y ya todo fue un torbellino de vaivenes saliendo y entrando, le chupaba las tetas y le apretaba la nuca con una mano mientras se retorcía de placer, no costó nada llevarla otra vez al orgasmo y desde ahí me relajé y aceleré buscando mi eyaculación que hace rato sentía venir. La tomé firme de las caderas y le día el empujón final que la hizo lanzar un fortísimo – ¡Ahhgg! Quedé rendido sobre ella y lentamente me deslicé al costado. Nos mantuvimos abrazados un instante y luego las explicaciones. – Así te quería tener desde que te conozco. – Eres un maldito puto, respondió, pero no puedo negar que yo también lo deseaba desde hace mucho. – Bueno, cumpliré mi promesa y esto no influirá en nada mi matrimonio, pero tú debes cumplir con la tuya. – ¿Mía? Yo no te he prometido nada. Bueno, no con palabras pero sí en tu actitud, quiero que sigas siendo mía y repitamos esto todas las veces que podamos. – Ja, ja. Eres un maldito fresco, pero no puedo dejar de amarte, y sí, seguiré siendo tuya las veces que podamos.

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